La leyenda es, con cierta frecuencia, el origen de algunas de las devociones que han venido surgiendo a lo largo de la historia. Unas han fraguado en el tiempo y otras, sin embargo, han desaparecido, como es el caso que nos ocupa en esta entrada del blog.

A través de la composición poética que nos ha servido de título, con un estilo propio de rondeña, la musa popular ensalzaba la belleza de una de las vecinas de la zona de los Pozos Dulces de Málaga. Esta malagueña se llamaba Catalina de Vejarano, o de Vergara, y de ella se decía que era “modelo de la tradicional belleza femenina que fue siempre la mejor gala de esta tierra[i].

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Ubicación aproximada del lugar en que se encontraría la casa de Catalina de Vejarano y, a la postre, la capilla de la Virgen de la Cabeza. Plazo de José Carrión de Mula, 1791. Fuente: Archivo Municipal de Málaga.

Esta zona de Pozos Dulces, cuyos suministros de agua eran de utilidad pública, era frecuentada por los lugareños de la época cuando, dado el calor estival de nuestro clima, se veía mermado el caudal de agua del Guadalmedina. No obstante la cercanía de la ribera permitía que estos sumideros estuviesen bien abastecidos del líquido elemento.

Continúa la leyenda contando como en un período de sequía más largo del habitual y ante la imposibilidad de un grupo de mujeres de elevar el cubo en uno de los pozos para sacar el agua, justo en las inmediaciones de la casa de Catalina de Vejarano, acudió ésta y ella sola consiguió subir el recipiente sin ningún tipo de dificultad encontrando en su interior un rollo de lienzo con la pintura de una imagen de la Virgen. Corría el año 1645.

Al poco tiempo Catalina se casó y tuvo un hijo que, ya con cierta edad, se alistó en las levas de Felipe IV para la guerra de Portugal, contienda que finalizaría en 1668. Catalina, angustiada por que durante dos años no llegó a tener noticias de su unigénito, acudía todas las noches a rezar ante el cuadro de la Virgen que había colocado en el cobertizo de su casa que, a modo de arco, unía las dos fachadas de la calle. Ese cuadro se encontraba siempre alumbrado por una luz que la propia Catalina se encargaba de mantener.

Una noche, cuando lloraba desconsolada, tuvo una horrible visión: y es que en lugar del lienzo con la representación de la imagen mariana, llegó a ver la cabeza colgada de su hijo difunto. Este trauma hizo que cayera desamayada al instante. Sin embargo, a la mañana siguiente, cuando reposaba en la cama después del incidente de la noche anterior, su hijo volvió del ejército fundiéndose los dos en lágrimas en un prolongado abrazo. Desde aquel momento el cuadro de la representación mariana fue conocido como el de la Virgen de la Cabeza.

Leyendas a parte, y centrándonos ya en los datos históricos de los que se tiene constancia sobre esta imagen de la Virgen, sabemos que alrededor de 1668, efectivamente, Catalina de Vejarano daba culto en su domicilio cercano a la Puerta de Antequera a un cuadro con una representación de la Virgen de la Cabeza. Se da la circunstancia de que el Cabildo municipal del primero de septiembre de 1568 había establecido la obligación de que, durante la noche, permaneciera encendida una lámpara en dicha puerta, dado lo peligroso de la zona. Probablemente delante de esa lámpara sería donde, un siglo después, Catalina de Vejarano habría dispuesto el lienzo con la representación mariana.

Lisardo Guede, no obstante, ubica cronológicamente el inicio de este culto callejero en 1692[ii]. Medina Conde, por su parte, nos relata los orígenes de esta capilla señalando que “esa Hermita que está en ella es de N. Sra. de la Cabeza, que al principio no fue mas que un quadro colgado en ella, que cuidaba una muger piadosa, y los vecinos lo colocaron en un nicho de la puerta, que después creció à Capilla, ó Hermita[iii]. Catalina de Vejarano amplió la capilla a su costa hasta conformarla como una ermita callejera en toda regla. Así la dotó de sacristía y “otras oficinas”, obteniendo licencia para poder sostener el culto a través de las limosnas que pedía. Estaba situada en la calle Muro de San Julián, en la última casa de la calle que a día de hoy conserva aún su nombre: Arco de la Cabeza.

Con posterioridad a esta primera ampliación del edificio se fundó un Rosario de jóvenes, que luego estuvo formado por hombres, y cuyas limosnas se dedicaron al culto de la Virgen[iv]. El origen de este Rosario es un claro ejemplo de hermandad rosariana de niños, de las que habría algunos otros casos en Málaga. La fundación de este Rosario de Ntra. Sra. de la Cabeza se podría situar en el primer tercio del siglo XVIII.

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Retablo cerámico conmemorativo del paso de la Virgen de la Cabeza por la calle Arco de la Cabeza en el año 2009, con motivo del Rosario de las Glorias celebrado ese año. Recuerda también la ubicación de la desaparecida ermita. Fuente: Juan Cristóbal Jurado Vela.

Como decimos, en un primer momento la capilla estuvo presidida por el lienzo al que la devota señora promocionó su culto. Éste se iba viendo aumentado de manera que en 1722 el Cabildo municipal dio licencia a Salvador Álvarez para que se encargara de todo lo concerniente al culto en la capilla de la Virgen. Consecuencia de este crecimiento devocional fue el encargo en 1737 de una imagen de Ntra. Sra. de la Cabeza de bulto redondo a un imaginero que desconocemos, y que determinó una nueva ampliación de la ermita para dar una ubicación más adecuada a la imagen. Esta nueva reordenación espacial del templo se llevó a cabo en 1749, previa licencia que se solicitó al Cabildo municipal el 12 de diciembre de 1748.

En los últimos años del siglo XVIII se volvió a actuar sobre la ermita, toda vez que se encontraba bastante deteriorada y “ser de mucho beneficio para todo aquel distrito con las Misas que se celebran en ella”. A partir de 1787 las monjas dominicas de la Aurora y Divina Providencia se hacen cargo de este inmueble, en el mismo año en que se instalaron en su nuevo convento,  que se había comenzado a construir a partir de las casas cedidas por Manuel Francisco de Anaya y Margarita del Villar[v], y que era inmediato a la capilla de la Virgen de la Cabeza.

En relación con la desaparición del edificio se mantienen dos teorías. Por un lado se señala como su causa la presencia francesa en nuestra ciudad, destruyéndose la ermita en 1810. Por otro lado, Narciso Díaz de Escovar señala como origen de la demolición de esta capilla a determinados intereses particulares[vi]. Los franceses no derrumbarían el edificio, como apenas hicieron en nuestra ciudad con otros inmuebles, aunque sí lo profanaron. En su lugar se levantaron casas particulares en el siglo XIX.

Por flores, ángeles tiene

la reja de Catalina,

que si se asoma de noche,

se nos antoja de día.”

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[i]SÁNCHEZ RODRÍGUEZ, José y DÍAZ DE ESCOVAR, Narciso. “La calle de la Cabeza” en Recortes de la historia de Málaga. Editorial  Miramar. 1999. Págs. 163-ss.

[ii]GUEDE Y FERNÁNDEZ, Lisardo. Ermitas de Málaga. Edit. Bobastro. Málaga. 1987. Pág. 125.

[iii]MEDINA CONDE, Cristóbal. Conversaciones históricas malagueñas. Parte II. 1792. Pág. 207.

[iv]MEDINA CONDE, Cristóbal. Conversaciones históricas malagueñas. Parte IV. 1792. Pág. 184.

[v]CAMACHO MARTÍNEZ, Rosario. Málaga Barroca. Universidad de Málaga. Pág. 249.

[vi](A)rchivo (D)íaz de (E)scovar. Caja 298. 3.2

Fotografía de cabecera: rótulo de la calle Arco de la Cabeza. Fuente: Juan Cristóbal Jurado Vela.

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